Sin imaginación no hay poder
- prensatiroalblanco

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Por Maximiliano Borches
Juan Domingo Perón llevó a cabo su revolución justicialista por una premisa básica y sencilla: supo interpretar las necesidades del pueblo y conectó con sus sueños y emociones más profundas, para brindar una salida a las enormes carencias impuestas por la oligarquía durante la denominada “Década Infame”.
Finalizado el verano mundialista, y enterrado ya para muchos ese falso patriotismo que solo renace cuando hay campeonatos mundiales de fútbol, nos enfrentamos con la realidad de que solo restan quince meses para que se lleve a cabo una elección presidencial, cuyo resultado será crucial para los próximos cincuenta años de la Argentina. Hoy, Milei juega solo en una cancha inclinada por la carencia de una oposición que conecte con el sentir popular, una macroeconomía favorable por la reprimarización -extractivista además- de la economía, que aporta algunos dólares, el (por ahora) apoyo financiero de los EE.UU. y el efectivo poder de fuego de los medios hegemónicos de comunicación, que a cambio de grandes negocios y exorbitantes pautas de empresas del Estado, en particular YPF, intentan bajarle el tono y suavizar los grandes problemas de la población, como son la pobreza, desocupación, industricidio, recesión, cierre cotidiano de pymes y comercios, vaciamiento y destrucción de sectores estratégicos como la energía nuclear y los proyectos aeroespaciales, abandono de la educación y salud públicas (y también privada, salvo unos pocos privilegiados), los jubilados, el estado de las rutas nacionales, la paralización mortal de la obra pública que frenó desarrollos urbanos y genera decenas de miles de desocupados, entre otras consecuencias.
A esta descripción de la nueva barbarie hay que sumarle el rol de control casi total sobre las personas realizadas a través de redes sociales por intermedio de los teléfonos inteligentes, creando un verdadero panóptico digital, que a decir del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su libro “La Sociedad de la transparencia”: “El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control”.
La nueva oligarquía tecnológica, representada por Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel, Jensen Huang, Sam Altman, Mark Zuckerberg, Alex Karp y otros multimillonarios, tejen alianzas con los Estados y acumulan poder (y capitales) sin límites. Se trata de una nueva dominación política que no está basada exclusivamente en partidos, ideologías ni instituciones representativas como sucedía hasta hace poco tiempo. De esta estrategia surgen personajes border como Javier Milei, Abelardo de la Espriella, Keiko Fujimori, Donald Trump, Santiago Abascal, Flavio Bolsonaro, Daniel Noboa y otros personajes de este estilo. que peligrosamente tienen en su poder la vida de varios millones de seres humanos.
En su obra “La nueva oligarquía tecnológica”, Ariel Goldstein plantea que: “El poder tecnológico contemporáneo no se sostiene solo por ideología o carisma, sino por control de infraestructuras materiales y simbólicas. Son las que convierten el poder tecnooligárquico en infraestructura cotidiana irreversible. Denomino administradores del régimen a los actores que garantizan la reproducción material, comunicacional y afectiva del orden tecnopolítico.
Los administradores del régimen son los actores que vuelven estable y cotidiano el orden tecnopolítico: no diseñan la gramática ideológica (arquitectos), ni lo ponen en movimiento mediante choque performativo (operadores), ni lo traducen en periferias inestables (traductores), sino que gestionan infraestructuras –logísticas, mediáticas, sociales y cognitivas– que convierten el poder oligárquico en entorno. Su tarea es que el régimen sea autoejecutable: que funcione aun cuando nadie lo “milite”.
Si los arquitectos producen la gramática, los operadores producen el acontecimiento y los traductores condensan la racionalidad en periferias frágiles, los administradores hacen lo decisivo: normalizan. Transforman una ofensiva política en vida social, y una ideología en infraestructura.”
Como solemos decir que la única verdad es la realidad, el peronismo no puede conformare con la infantil -y antipolítica- espera de que la administración de los hermano Milei caiga por las consecuencias propias de la enorme crisis que genera, y que cada día millones de argentinos soportan menos. Hacen falta propuestas. La gente necesita escuchar ideas y recibir mensaje de esperanza de quienes dicen representarlos por historia y procedencia social.

En los últimos 14 años, el peronismo no solo dejó de interpretar las necesidades de las mayorías populares (salvo las que tenían que ver solo con el consumo de algunos productos y servicios), también se alejó de su representación simbólica por una larga sucesión de errores estratégicos y deplorables mezquindades políticas, que terminaron menoscabando los puntos centrales de la Doctrina Justicialista por una narrativa socialdemócrata y limitadas acciones para unas pocas minorías, que solo los revolucionarios vírgenes de “La Cámpora” y sus organizaciones satélites pretenden defender mientras rompen todo. Esta debilidad es la fortaleza (momentánea) de la resignificación oligárquica de la década del ´30, disfrazada con la palabra “Libertad” y la expresión psicótica de Javier Milei, que a diario perfecciona su técnica de arrodillarse sumisamente ante las órdenes de Donald Trump y el FMI, en contra de los intereses nacionales.
Juan Domingo Perón entendió, en su última etapa de vida, que debía actualizar su Doctrina y allí surgió el mítico “Plan Trienal para la reconstrucción y la liberación nacional”, en 1973, en el marco de la actualización política y doctrinaria para la toma del poder, que había comenzado a desarrollar en la década del ’60, durante el exilio forzoso de casi 18 años en Madrid.
Hoy, con una realidad completamente distinta a la del siglo XX, y la acción sincronizada de las nuevas maneras de control ciudadano en pleno auge del panóptico digital como nueva política de dominación global del hombre por el hombre, queda claro que sin imaginación no hay poder.
Reconquistar la política será clave para recobrar el ethos de la sociedad argentina.





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