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Fútbol, Malvinas y la vuelta del "hedor" americano

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    prensatiroalblanco
  • hace 17 minutos
  • 7 min de lectura

Opinión

 

Reflexión en torno al pensamiento de Rodolfo Kusch sobre la identidad americana.

 

Ali Reza Peralta*

 

El elogio como declaración de guerra.


Se necesita a la vez arraigo y formación para decir lo que dijo Lionel Scaloni. Ante la mirada del mundo entero, definió a sus jugadores de un modo que ningún manual de coaching permitiría: “Estos jugadores son como indios, que se me entienda la palabra. Se han criado en situaciones extremas, donde no tenían miedo a nada”. No fue una frase casual ni un exabrupto, fue una toma de posición política y cultural sin ambages.


Como describiera Rodolfo Kusch, esa frase toca la máxima tensión de lo americano, la oposición entre el hedor y la pulcritud, “dos formas arquetípicas que evocan el drama existencial de las clases medias urbanas y de sus intelectuales frente a la presión de lo popular”.


El hedor no es suciedad. Es, en Kusch, una categoría: “un signo que no logramos entender, pero que expresa, de nuestra parte, un estado emocional de aversión irremediable”. Es el rechazo que siente la América pulcra -la que intenta vivir de prestado en la mirada europea- ante su propio olor. Para ella, “indio” es el insulto fundante, lo que debía ser civilizado o eliminado.


Frente a ella está la América hedienta, la profunda. La que entiende el estar antes que el ser. El ser es la pretensión pulcra de definirse por esencias importadas; el estar es el suelo, el domicilio, la forma de plantarse en el mundo desde el barro. Scaloni reivindicó esa América que huele a tierra mojada. Habló de de una forma de estar. Y al otro lado del Atlántico lo entendieron perfectamente.


Este conflicto no es nuevo. En Wembley 1966, Antonio Rattín fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein sin que se le explicaran los motivos en su idioma, insolencia que el fútbol argentino leyó como desprecio. Respondió con un gesto criollo inolvidable: se sentó sobre la alfombra reservada a la Reina y retorció el banderín del córner inglés. La frase atribuida al técnico inglés Alf Ramsey tras aquel partido -“jugamos contra animales”- condensa, sea textual o no, la verdad de una mirada imperial.


Veinte años después, esos “animales” regresaron encarnados en un solo hombre: Diego Maradona. En México 1986 cobró toda la deuda en cuatro minutos: con la mano de la providencia, con la picardía sagrada del potrero robándole un gol al ladrón, y después con el gol más hermoso jamás jugado. Fue la confirmación de otra categoría central de Kusch: la fagocitación cultural. No imitamos al amo. Lo fagocitamos. Lo absorbemos y lo devolvemos transformado en algo distinto, irreconocible para él, propio para nosotros.


Por eso el contraste entre las conferencias de prensa sigue siendo tan revelador. De un lado, el fútbol del laboratorio: el técnico que habla de procesos, márgenes y variables, como si hubiera perdido un documento de gestión y no un partido. Del otro, el fútbol del estar siendo: el de Scaloni, que habla de pertenencia, de grupo, de sostener al compañero. Para uno es un sistema técnico; para el otro, una emboscada histórica. Para ellos, pulcritud; para nosotros, hedor bendito.



El tranco corto y el tranco largo.


Los medios hegemónicos suelen explicar el desempeño argentino con un cliché: “lo que los distingue es que no se rinden”. Lo presentan como un rasgo circunscripto a los noventa minutos, sin advertir que ese comportamiento es el espejo de nuestra existencia como nación.


No se trata solo de no rendirse en el fútbol: es una actitud que recorre toda nuestra historia. Y quizás debamos pensarlo en dos temporalidades distintas: el deporte avanza en un tranco corto, la nación avanza en un tranco largo. Un partido dura hora y media; una patria se construye durante siglos. Esa es la única distinción que separa lo que pasa en la cancha de lo que pasa en la historia.


Por esa razón es imposible separar fútbol y política, deporte y soberanía. Se repite hasta el cansancio que “por más banderas que levanten, las islas están en manos británicas”, e incluso hemos escuchado a presidentes argentinos dar por sentada la soberanía británica sobre Malvinas. Sin embargo, casi medio siglo después de la guerra de 1982, el reclamo no solo no desapareció, sino que estalló con más fuerza en el escenario más grande del mundo. Lo que se vio en la cancha es la misma corriente que recorre nuestra historia.


No es un fenómeno exclusivo nuestro. Es la ley común de los pueblos sometidos. No por idénticos, sino por compartir lo que Kusch llamaría esa raíz mesiánica y esa ira divina a flor de piel, que hace que los reclamos por la dignidad y la tierra usurpada retornen cuando se los creía enterrados.


Como señalara Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. La guerra de Malvinas no terminó en 1982: continuó por vías diplomáticas, culturales y simbólicas. Y los primeros en debilitar esa causa fueron quienes debieron defenderla.


Primero, la dictadura, con la hipótesis ingenua de una guerra corta que forzaría una negociación mediada por Estados Unidos, preparó las condiciones de la derrota y luego ocultó a sus soldados. Después, una corriente cultural nacida en la transición alfonsinista impulsó la desmalvinización: redujo el conflicto a la locura de los dictadores y al sufrimiento de los conscriptos, separando la causa justa de la guerra frente al ocupante para volverla innombrable. Finalmente, los Acuerdos de Madrid de 1989-1990, bajo la fórmula del paraguas de soberanía, formalizaron el congelamiento político del reclamo a cambio del restablecimiento de relaciones.


Se construyó así un bloque desmalvinizador que atravesó gobiernos de distinto signo, más dañino a largo plazo que la ocupación misma: porque no atacó con armas, sino con la conciencia, imponiendo la idea de que el reclamo era anacrónico o imposible. Fue el triunfo temporal de la América pulcra sobre la América hedienta. Una victoria que muchos de los nuestros compartieron durante décadas, hasta que la historia volvió a dar la razón a los que no se rinden, ni aceptan la humillación.[1][2]

 

La sábana, el aerosol y el cerco roto.


Lo que ocurrió frente a Inglaterra no fue solo una victoria deportiva con marcada superioridad futbolística: fue una derrota comunicacional para quienes pretendieron borrar nuestro reclamo.


Los propios jugadores hicieron visible, ante todo el planeta, una demanda con raíces profundas: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. No surgió de una campaña publicitaria ni de una decisión oficial. Nació de lo más bajo y lo más nuestro: una sábana pintada con aerosol por un grupo de hinchas, lanzada a la cancha cuando el partido ya había terminado, un jugador que la levanta, y todo un equipo que la lleva frente a las gradas donde reunido un bravo pueblo reafirma una promesa verdadera.

Es lo que en el fútbol llamamos un “trapo de barrio”: hecho con lo que se tiene a mano, sin recursos, con la misma lógica de quienes arman una bandera para un acto escolar o un cartel para el equipo del pueblo. Esa iniciativa popular, precaria y hedienta en el mejor sentido kuscheano, se fundió con el gesto de los deportistas, que asumieron el símbolo como propio. Fue fagocitación en acto: con aerosol en vez de museo.


Lo hicieron sin medir, quizás, la magnitud del acto, pero con plena conciencia de su sentido: se sumaron al hilo histórico de los reclamos por la tierra usurpada. Es una batalla por el sentido común. Las élites han impuesto durante décadas la idea de que lo ajeno es natural y lo propio es irrecuperable, y para revertirla es necesario construir una nueva hegemonía desde abajo.


Hay que destacarlo: la inmensa mayoría del plantel abrazó el reclamo, sin importar las presiones de las corporaciones mediáticas, las advertencias diplomáticas o la censura. Ninguna instancia pudo impedir que esa bandera fuera vista por cientos de millones de personas, disparando las búsquedas por el término “Malvinas” en todo el mundo. Rompió todos los cercos y se convirtió en el símbolo de una causa que se quiso borrar.


Esta victoria no es definitiva, la disputa por la soberanía es una guerra de trincheras, de largo aliento, que requiere el trabajo cotidiano en los clubes de barrio, las escuelas, los lugares de trabajo y las conversaciones cotidianas, en definitiva, una comunidad nacional organizada y con objetivos.

Pero lo que hizo la Selección al mostrar esa bandera es un hito inolvidable: demostró que cuando la América profunda se cuela en la pantalla del mundo, ningún imperio -antiguo o nuevo- puede sentirse seguro.


Ciertamente, la confrontación de Argentina con Inglaterra no fue un partido más. Fue el momento en que el estar se hizo visible en el horario central del ser.

 


Nota conceptual: La totalidad del artículo parte de la categoría central kuscheana

del estar siendo. Para Kusch, el estar no es inferior al ser occidental, sino su condición de posibilidad en América. El ser es la pretensión pulcra de definirse por esencias universales, fijas y exportables; el estar es el arraigo, el domicilio existencial, el suelo que nos sostiene. El estar siendo es, por lo tanto, el gerundio americano: no una esencia acabada, sino un acontecer, un germinarse desde el barro, desde el hedor, desde la precariedad del trapo pintado con aerosol. No hay contradicción entre hedor y proyecto nacional, porque el estar siendo contiene la resistencia.

 

*Director de la Academia del Pensamiento Estratégico, y su soporte comunicacional ApeTv.

 

Obras fundamentales citadas y de referencia:

- KUSCH, Rodolfo. América profunda. Buenos Aires: Hachette, 1962. / Reedición en Obras Completas, Tomo II. Rosario: Fundación Ross, 2000.

Capítulo central para el par hedor/pulcritud y para la primera formulación del estar como categoría geocultural americana frente al ser europeo. Aquí se define el hedor como aversión del pulcro ante lo popular.[1]

- KUSCH, Rodolfo. De la mala vida porteña. Buenos Aires: Stilcograf, 1966.

Desarrollo de la categoría de hedor en el contexto urbano porteño y su negación de lo americano.[2]

- KUSCH, Rodolfo. El pensamiento indígena y popular en América. Buenos Aires: Hachette, 1970. / 3ra ed. 1973.

Obra clave donde Kusch sistematiza el estar como mero estar arrojado y el estar siendo como dinámica de salvación. Introduce la fagocitación como lógica del estar siendo que no niega lo extraño, sino que lo digiere.[3]

- KUSCH, Rodolfo. La negación en el pensamiento popular. Buenos Aires: Cimarrón, 1975.

Analiza el mecanismo de negación del intelectual de clase media ante el suelo. Fundamental para entender la "desmalvinización" como operación pulcra de negación del estar.[4]

- KUSCH, Rodolfo. Esbozo de una antropología filosófica americana. Buenos Aires: Castañeda, 1978. / En Obras Completas, Tomo III. Rosario: Fundación Ross, 2000.

Síntesis madura de su sistema. Cap. "El estar y el ser". Define el estar siendo como la fórmula ontológica de América: el estar que no se cierra en ser, sino que se mantiene en trance de ser, en germinación, en ira sagrada y en espera mesiánica. Es la base teórica del "tranco largo" que se propone en el presente artículo.[5]

- KUSCH, Rodolfo. La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo. Buenos Aires: Raigal, 1953.

Primer planteo de la dicotomía civilización/barbarie releída como pulcritud/hedor. Origen del concepto de fagocitación.[6]

Obras Completas de referencia general:

KUSCH, Rodolfo. Obras Completas. 4 Tomos. Rosario: Editorial Fundación Ross, 2000-2003.

 
 
 

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