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El adiós a Alberto Lettieri o la tristeza de despedir a un compañero

  • Foto del escritor: prensatiroalblanco
    prensatiroalblanco
  • hace 6 días
  • 3 min de lectura



 

Hasta en su muerte dejó un mensaje. El historiador, educador, amigo y por sobre todas las cosas, gran compañero con quien compartimos luchas, sueños e ideas de la causa peronista y federal, Alberto Lettieri, falleció el mismo día que Arthur Conan Doyle: el 7 de julio.

 

Al igual que el mítico personaje literario Sherlok Holmes, Lettieri también aplicó su inteligencia, el hábil uso de la observación y el razonamiento deductivo para analizar con verdadera maestría las ideas, lenguajes políticos y proyectos culturales de la Argentina del siglo XIX, como también el decisivo siglo XX, cuando irrumpieron Perón y el peronismo en la escena nacional generando la única revolución política, social, cultural y económica del planeta sin que se haya disparado un solo tiro, y la desintegración posterior y en cuotas de la doctrina justicialista en los sucesivos gobiernos peronistas posteriores a la recuperación para siempre de la democracia, hasta llegar a nuestros días de desorientación, infantilismo y una peligrosa falta de ideas y de conexión con La sociedad solo festejada por los fascistas reconvertidos en “liberales de la liberad”.

 

Alberto fue un tipo campechano, ameno, elocuente, creativo, simpático, gracioso, buen amigo y buen compañero, muy inteligente y conocedor de un sinfín de cosas que jamás renegó de sus orígenes y nunca se confundió en caracterizar a los enemigos del pueblo. Virtud política que escasea en estos tiempos.

 

Compartimos miles de charlas, estudio, reuniones, mitines, comidas, vinos, cafés, set de televisión y pisos de radio, como también alguna que otra escaramuza escrita en medios de comunicación virtuales.

 

En aquel caluroso y lejano enero del 2016, cuando los partidarios de Cristina Fernández de Kirchner lloraban en todo sentido la derrota electoral -y sin admitir que su “jefa” había prácticamente boicoteado la campaña del candidato que el peronismo había resuelto poner en ese momento: Daniel Scioli-, y que llevó al engreído y alelado Mauricio Macri a la presidencia (sin que él mismo se diera cuenta en un principio), con Alberto nos acercamos al armado político que organizó por esos años Guillermo Moreno, bajo el nombre de “La Néstor Kirchner”. Allí, formamos parte de la mayor campaña de afiliación al Partido Justicialista realizada desde 1973 a la fecha, cuando regresó el general Juan Domingo Perón a la Patria, luego de casi dieciocho largos años de exilio forzoso.

 

En ese verano, y en todo ese año y los primeros posteriores, la recuperación del debate político, la necesidad de miles de compatriotas de participar en el peronismo a través de su afiliación y la de sus amigos, parientes y compañeros de todos los ámbitos, la vivimos con rejuvenecida pasión y pensamos en publicar una pequeña revista en papel (para mantener cierto romanticismo) bajo un sugestivo título “Portaaviones y  lanchas rápidas”, denominación inspirado en una muletilla discursiva que el propio Guillermo Moreno repetía constantemente para explicar que “cuando la política se mueve, lo hacen como las lanchas rápidas, para asegurarse el objetivo a cumplir, y que una vez garantizado esto, ahí recién se mueven los sindicatos, que son como los portaaviones…una vez que encienden motores ya no paran”: una bella metáfora de tono clausewitziano que a todos nos gustaba, pero que -como la gran mayoría de las cosas dichas por el gran Guillote- no terminan tomando cuerpo en la realidad, que es la única verdad.

 

En los últimos años nos vimos menos de lo que tuvimos que haberlo hecho. Como suele suceder tantas veces -y sin una explicación racional de porque- con personas que uno quiere y respeta.

 

La vida muchas veces termina llevándonos de la mano como se lleva a los hijos pequeños a la escuela. O quizá (también) la carencia de ese espíritu de resistencia y lucha acorde a las primeras dos décadas del siglo XXI, perdido en esta tercera década del vertiginoso siglo de la quinta revolución industrial o Industria 5.0, rodeado de fantasmas, psicópatas, fantoches, esperpentos, cíclopes, fascistas de toda estirpe, asesinos, górgonas y zombis que pululan en una selva cada vez más oscura, nos haya impuesto comunicaciones por celular y alguna que otra red social, quitándonos el privilegio de compartir un buen vino y/o un whisky, pero sin dejar de saber nada sobre el otro. Un tiempo complejo, el actual, que Alberto (como nos pasa a varios) detestó con todas sus fuerzas.

 
 
 

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