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El Verso

  • Foto del escritor: prensatiroalblanco
    prensatiroalblanco
  • 15 jun
  • 5 min de lectura

En estos días se cumplió el aniversario de los natalicios de dos de los poetas más sublimes que tuvo este país, se trata de dos poetas que supieron cantarle a la grandeza de la Patria. El Verso homenajea a Leopoldo Marechal y Leopoldo Lugones.



El nombre de tu Patria viene de argentum.

¡Mira que al recibir un nombre se recibe un destino!

En su metal simbólico la plata

es el noble reflejo del oro principial.

Hazte de plata y espejea el oro

que se da en las alturas,

y verdaderamente serás un argentino.

Es un trabajo de albañilería.

¿Viste los enterrados pilares de un cimiento?

Anónimos y oscuros en su profundidad,

¿no sostienen, empero,

toda la gracia de la arquitectura?

Hazte pilar, y sostendrás un día

la construcción aérea de la Patria.

Y es una vocación de agricultura.

¿No viste la semilla en su carozo

y el carozo en su tierra

y esa tierra en su invierno?

Riñón de lo posible,

la semilla es el árbol no proferido aún

y ya entero en su número.

Hazte carozo de la Patria en ti mismo,

y otros verán arriba la manzana

que prometiste abajo.


Leopoldo Marechal

Didáctica de la Patria



Dije yo en la ciudad de la Yegua Tordilla:

“La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”.

Los apisonadores de adoquines

me clavaron sus ojos de ultramar;

y luego devoraron su pan y su cebolla

y en seguida volvieron al ritmo del pisón.

 ¿Con que derecho definía yo la Patria,

bajo un cielo en pañales

y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda?

Los apisonadores de adoquines

escupieron la palma de sus manos:

en sus ojos de allende se borraba una costa

y en sus pies forasteros ya moría una danza.

“Ellos vienen del mar y no escuchan”, me dije.

“Llegan como el otoño: repletos de semilla,

vestidos de hoja muerta.”

Yo venía del sur en caballos e idilios:

“La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”.

La Patria era una niña de voz y pies desnudos.

Yo la vi talonear los caballos frisones

en tiempo de labranza;

o dirigir los carros graciosos del estío,

con las piernas al sol y el idioma en el aire.

(Los hombres de mi estirpe no la vieron:

sus ojos de aritmética buscaban

el tamaño y el peso de la fruta.)

 Yo vi la Patria en el amanecer

que abrían los reseros con la llave

mugiente de las tropas.

La vi en el mediodía tostado como un pan,

entre los domadores que soltaban y ataban

el nudo de la furia en sus potrillos.

La vi junto a los pozos del agua o del amor,

¡niña, y trazando el orbe de sus juegos!

Y la vi en el regazo de las noches australes,

dormida y con los pechos no brotados aún.

 La Patria no ha de ser para nosotros

una madre de pechos reventones;

ni tampoco una hermana paralela en el tiempo

de la flor y la fruta;

ni siquiera una novia que nos pide la sangre

de un clavel o una herida.

Yo la vi talonear los caballos australes,

niña y pintando el orbe de sus juegos.

La Patria no ha de ser para nosotros

nada más que una hija y un miedo inevitable,

y un dolor que se lleva en el costado

sin palabra ni grito.

Por eso, nunca más hablaré de la

Patria.


Leopoldo Marechal

Descubrimiento de la Patria



Patria, digo, y los versos de la oda

Como aclamantes brazos paralelos,

Te levantan Ilustre, Única y Toda

En unanimidad de almas y cielos.

Visten en pompa de cerúleos paños

Su manto de Andes tus espaldas nobles,

Y sobre ellas encumbran tus Cien Años

Su fresca fuerza de leales robles.

Corcel azul de la eterna aventura,

Sobre la playa que se ablanda en seno,

Con su crin derramada en suave holgura

Se alarga el mar como a pedirte freno.

Y la nube del cielo, y la severa

Nieve del monte, y la marina espuma,

En su elemento azul te dan bandera,

Con símil que la Gloria al Bello suma.

Sea en tu cielo y todo lo serene,

Tu Buena Voluntad estrella suave;

Y el Sol la brasa de tu hogar que tiene

Del lado de venir puesta la llave.

Brinda a los oprimidos tu regazo

Con aquel ademán largo y seguro,

Que designa en la estética del brazo

Una serenidad de mármol puro.

Prolongando en justicia tu honra de antes,

Cimienta así tus seculares torres,

Y sea tu aderezo de diamantes

El tesoro de lágrimas que ahorres.

A hombro de monte carga el riel; su acero

Audaz, evoque con alegre asombro,

La epopeya en que el sable granadero,

Barra de luz viril cruzaba en tu hombro.

Abre al peñasco su opulenta entraña

Donde mismo sangró el héroe recio,

Para acendrar en oro de montaña

Aquella sangre que no tiene precio.

En fraternal progreso ese oro entrega

Más allá de tus lindes soberanos,

Cual corono la parra solariega

El muro medianil de los hermanos.

Para henchir de riqueza el buque ufano

Cuadra la ceba sus compactas reses,

Y el calor germinal de tu verano,

Hecho sólida luz se logra en mieses.

Dando su prez al laborioso empeño,

Te aduerme con eclógicos olores

La profunda pradera, en fértil sueño

De humedad, de luciérnagas y flores.

Y en la sencillez de juventud, serena

Con la perennidad que te atestigua

El linaje solar, eres morena

Como la grave, libertad antigua.

Salta en ese color temple de raza,

Previa ante el Sol natal como una proa,

La Libertad tu eterno rumbo traza

Y al verso exige su sonora loa.

Así puesto a la forja de mis fraguas

Que estallarán su cántico en centellas,

Honraré, sean hombres, montes o aguas,

Tus Personas mejores y más bellas.

Y tú entre todas, si, genial maestro,

Digno de ti, formárate, divina,

La estatua que concibo, hija de mi estro,

En tu metal epónimo, Argentina.

A mis hermanos en tu amor la entrego,

Transustanciándolo en líricos caudales

Mi tesoro filial, al hondo fuego

Que sintetiza fuerzas primordiales.

Para que como signo de fortuna,

Que inicia y colma las empresas francas,

Te evoquen, cincelada por la Luna,

En plata colosal de nubes blancas.


Leopoldo Lugones

Oda a la Patria


Amor que en una soledad de perla

veló el misterio de su aristocracia,

donde, sino el encanto de tu gracia,

no hay otro que estar triste de no verla.

Dichosa angustia de buscar tus manos,

como si en la tristeza incomprendida

de tus ojos profundos y lejanos,

hubiera ya un comienzo de partida.

Trémula adoración que es el sustento

de aquella aroma que tu amor resume:

levedad generosa del perfume

cuya vida es un desvanecimiento.

Ligero llanto en que la dicha emana

su oscura plenitud de noche bella.

Inquietud de mirarte tan lejana

y tan azul, que te me has vuelto estrella.


Leopoldo Lugones

Amor

Selección de poemas Andrea E. Bruza 

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