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Fin del orden internacional: nuevos negocios para yanquis y miseria para venezolanos

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    prensatiroalblanco
  • 4 ene
  • 2 Min. de lectura

Por Maximiliano Borches (Desde Bruselas)

En esta nueva etapa de “La era del imperio”, el republicano Donald Trump bombardeó y secuestró al presidente venezolano Nicolás Maduro. La temeraria acción no solo violó todas las leyes internacionales vigentes; inauguró una nueva era imperial en el primer cuarto de siglo de la primera centuria del frágil y novedoso S.XXI, cuyo principal objetivo político (antes de domesticar a la totalidad de gobiernos latinoamericanos, enviando un claro mensaje a Brasil, México y Colombia), apunta a Beijing, principal adversario global del decadente Estados Unidos, que una vez más utiliza su vasto poder militar amasado en décadas, contra pueblos de América Latina que jamás podrían confrontarlos militarmente.


Sin embargo, la decisión del veterano agente inmobiliario Donald Trump es económica (a pesar de que su principal bufón, el triste presidente argentino Javier Milei, salió a festejar el ataque ideológicamente).


En conferencia de prensa desde su mansión de La Florida, Trump aclaró que su intención es gobernar de facto a la República Bolivariana de Venezuela “hasta que haya una transición segura”. Y aquí viene lo más importante: Trump afirmó que las compañías petroleras yanquis se harán cargo de la industria petrolera venezolana, tras el ataque de fuerzas aeronavales y misiles perpetrado en la madrugada del último sábado contra Caracas y otros puntos del país, y que culminó con una acción comando en territorio venezolano que secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, ahora trasladados en un barco de guerra estadounidense a Nueva York, donde serán juzgados bajo el cargo de “narcoterroristas”.


En el fondo, en esta acción militar y publicitaria contra el gobierno (y la persona de) Nicolás Maduro, se destacan las ambiciones más amplias de Washington por ejercer un mayor control sobre sus países vecinos del continente que comparte, en una especie de Doctrina Monroe actualizada.


Además, una Venezuela dócil favorece a los mercados estadounidenses de hidrocarburos (recordemos los feroces ataques que pusieron fin a los gobiernos de Saddam Hussein, en Irak, y de Muamar el Gadafi, en Libia solo para controlar sus riquezas naturales)


Sin embargo, también, uno de los puntos de mayor interés de EE.UU. en esta misión es la de garantizar rápidamente el regreso de millones de venezolanos que hoy se encuentran exiliados en Estados Unidos, y el gobierno de Trump se los quiere sacar de encima.


Sin embargo, y a menos de veinticuatro horas de esta acción militar contra un pueblo de América Latina (que vergonzosamente suscitó tibias reacciones -al igual que sucedió con la Argentina durante la Guerra de Malvinas, salvo el honroso pueblo y gobierno peruano), no está claro que vendrá ahora, ni siquiera si hay un sucesor inmediato dispuesto a asumir el mismo riesgo del secuestro (Trump descartó en su discurso a la “Premio Nobel de la Paz, la evangelista María Corina Machado), y tampoco queda muy claro si esta acción desatará una fuerte ola de furia antiestadounidense.


Lo que se percibe con nitidez en el extremo norte de Sudamérica, y en aguas del Caribe, es que el águila imperial emprende una vez más un vuelo imaginario desde Roma, pasando por la Francia de Napoleón y la Berlín de Hitler, hasta la decadente cultura consumista de los Estados Unidos, que algún día pagará todo el dolor y la humillación impuesta a los pueblos libres de América.

 
 
 

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