Los Homero de la vida y el engaño de la crisis de representatividad
- prensatiroalblanco

- 31 ene
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Por Sabrina Castellano
Corría el año 1999 en Lanús, (usted sitúese donde considere) y llegó a nuestros oídos en boca de Pity Álvarez un tal Homero. Un trabajador que estaba cansado, come y se quiere acostar. Una letra que cargaba agotamiento, pobreza y una dignidad galopante que sólo conocen los que saben que no pueden bajar los brazos. Porque Homero sabía que ”la vida del obrero es así”. Eso nos trajo un crack de cabeza a muchos de nosotros, viendo a tanto familiar y amigo reflejado en esa idea.
Viejas Locas nos hablaba de algo que veíamos a diario. No había laburo, si había no alcanzaba la guita y para que alcance apareció una especie de moneda de jueguito de mesa que te permitía comprar morfi. El acto de cambiar un sanguche por unas sábanas se había vuelto una práctica cotidiana y viajar en colectivo un gasto de lujo.
Pese a esto, había organización barrial. Había organización comunitaria e incluso había un horizonte, frente a ese sin sentido desolador que gritaba que no había salida. Los pibes seguían pensando en ser músicos y formar una banda de rock, como Pity, porque estábamos juntos y porque la historia de este país nos mostraba que íbamos a salir de esa, una vez más.
Situación fácil de escribir, pero dura de vivir. Así y todo, frente a este panorama espantoso que vivían los Homero del país, no había circulado desde las entrañas del peronismo, algo tan espantoso como el concepto, tan mencionado en estos días, de “crisis de representatividad”.
“Hay una crisis de representatividad política” dicen.
Que lo digan otros, no me interesa. Siempre que fracasa un proceso cipayo y se asoman las ruinas coloniales, lo hacen. “La culpa es de la política”, es su sentencia más famosa, nunca es el fracaso de su proyecto político.
Porque ellos cambian de figurita y que siga el baile, ¿pero nosotros?
Ante la feta de salame en la urna o el tan famoso “que se vayan todos”, el peronismo no salía a decir que sufríamos una crisis política al momento de representar al pueblo argentino. Y es fácil de distinguir y notorio en su base: el peronismo estaba en el pueblo argentino. Padecía las mismas cosas que el resto de sus compatriotas y sabía que SI podía representar otra cosa, es porque ERA otra cosa.
Es casi como decir que no podemos representarnos a nosotros mismos, si los peronistas padecían lo mismo que los Homero, eran tan Homero como el resto.
Al ser parte del pueblo, lo ideológico se encarnaba en la cotidianeidad: tu vecino, el Homero de la cuadra que, precisamente, era un peronista que te ayudaba a zafar.
La famosa “crisis de representación política” no era tal, por lo menos para nosotros, y había una claridad sobre algo: la política no fallaba, lo que fallaba era el mismo proyecto económico de siempre, el que sometía al pueblo y que busca la explotación y subordinación del país y sus habitantes, imponiendo sus shoppings de cuarta y cargándose al almacenero, como noción gráfica de esa estructura económica excluyente y sin anclaje en la vida del trabajador.
Homero tiene que ser feliz
En contraposición, nosotros gritábamos que teníamos una solución y era la soberanía, el desarrollo propio, la organización y un lema base de cualquier peronista: la vida es finita y estamos de paso. Homero tiene que ser feliz y para que eso suceda, su comunidad debe serlo también. Teniendo en claro esto, un peronista iba a surgir para encarnar ese proyecto de vida, y así fue.
No hay que ser mago para darse cuenta que uno no puede representar algo que no es. Debe nacer de las entrañas del propio pueblo ese proyecto transformador de la realidad. Y se trata de tener en claro la contradicción fundamental: nadie se realiza en una comunidad que no se realiza y si hay un sector que juega el partido desconectado de lo que sufre la gente, es porque no está saliendo de esas entrañas ese compañero/a.
Y parece difícil, pero no lo es. Si frente al colapso de lo posible, no hablamos de la carencia trabajo, de la ausencia de vacaciones, de pibes que ya no juegan en los parques, del choreo al vecino, acto repudiable siempre y de que nos merecemos bellos milagros, es porque ese sector que dice representarnos no está sufriendo nada de esto.
Si Francisco logró conmover, fue porque esa fe lo transformó primero. Si Diego logró conmover, fue porque nunca dejó de ser él. Si Néstor logró transformar, fue porque primero tuvo algo para decir y logró escuchar la más maravillosa música.
El peronismo no atraviesa ninguna crisis de representación política porque es pensar que el pueblo argentino la atraviesa, y si el pueblo lo único que quiere es vivir dignamente y el peronismo es ese proyecto de vida, la crisis pasa a un segundo plano como noción, y entra en juego el hecho de tener algo para decir. Buscar soluciones y hablar mirando a los ojos al que tenemos al lado.
Entra el juego la acción de llevar a cabo eso y que ésa sea la finalidad de vivir, porque vivir es eso.
Empezar a hablar de nuestros sueños
No seamos catastróficos ni pensemos que no hay salida, enfoquémonos en ser mejores y dejar de hablar de crisis, de que no nos eligen y empecemos a hablar de nuestros sueños, nuestras ideas y nuestros anhelos, porque somos peronistas y porque son los mismos sueños que tiene el de al lado, el Homero del barrio, y ese entusiasmo, esa convicción y esa fe, eso sí, es lo que verdaderamente nos está faltando.
No hay que salir a representar a nadie, la gente no necesita tutela. Simplemente, hay que volver a tener la convicción de que somos parte de algo más grande. Hay que volver a ser.





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