top of page

El milagro electoral de un peronismo sin sujeto

  • Foto del escritor: prensatiroalblanco
    prensatiroalblanco
  • 2 nov
  • 8 Min. de lectura
ree

Opinión


1. Primera aproximación.

Teniendo enfrente a un oficialismo que supo sacar hace menos de dos años 56% en un ballotage, que cuenta con una billetera ilimitada (nacional y extranjera) para hacer campaña y para sostener el tipo de cambio antes de la elección, que tiene además un liderazgo claro no carente de carisma (extraño carisma el de Milei pero carisma al fin) y que fue lo suficientemente hábil para cohesionar el amplio universo de la mayor fuerza política actual de la Argentina, el antikirchnerismo o antikukismo (tal como había logrado hacer el Macrismo en su momento), el verdadero milagro de la elección del 26 de octubre es que este peronismo atomizado, con el Partido Justicialista intervenido en varias provincias, sin conducción ni liderazgo, sin programa, con candidatos carentes de carisma, haya sacado casi 35% de los votos a nivel nacional y 40% en la provincia de Buenos Aires.


Es un verdadero milagro que el peronismo, que supo ser un partido pragmático que parece haber perdido esa virtud y deslizado hacia una sobre ideologización y a una lucha intestina por pequeños espacios de poder que le impiden la dinámica de traspaso de liderazgo y con todos los problemas enumerados en el párrafo anterior, haya logrado esos guarismos electorales, máxime luego del pésimo gobierno de Alberto y Cristina.


Pero, además, le sucede algo aún más grave. Se fue quedando de a poco sin el sujeto social histórico que le dio razón de ser y no encontró aún la nueva ubicación de su función social. Es decir, a quiénes representar. Por eso no logra construir un futuro y se recuesta en la nostalgia del pasado glorioso del 45 o en la llamada década ganada, porque no tiene claro a quienes representar.


2. El problema del sujeto (breve síntesis histórica).

ree

El peronismo histórico representaba mayoritariamente a los trabajadores industriales en un momento donde la Argentina se planteaba un futuro de desarrollo industrial que le permitiese competir con las potencias. En ese momento hubo una vieja discusión entre el marxismo y el peronismo que toma una llamativa actualidad. La diferencia entre opresión y explotación.


Entre las pocas cosas que el marxismo le reconocía al primer peronismo estaba el haber logrado reducir la opresión del trabajador (haber logrado derechos laborales, discutir salarios con la patronal, tener poder a través del sindicato, mirar a los ojos al patrón sin agachar la cabeza) lo que otorgaba dignidad, pero no había resuelto el problema principal de la explotación, es decir, la extracción de plusvalía. Tampoco buscaba la socialización de los medios de producción. Y por eso era acusado de contra revolucionario (entre otras cosas). No obstante, nadie podía discutir que la opresión que sufría ese trabajador de la década del 40 había sido por lo menos reducida y, en la mirada más optimista del peronismo, eliminada. Al obrero peronista no le interesaba la propiedad socializada de los medios de producción, se reconocía en su lugar social de trabajador dignificado, no oprimido, dentro del sistema capitalista. Es decir, reconocía la diferencia de clases, pero no buscaba eliminarla, era un clasismo no marxista. Y el Estado era el árbitro que garantizaba la armonía entre el capital y el trabajo.


Ese trabajador industrial que dio su razón de ser al peronismo en términos de representación hoy es una minoría en el universo del trabajo. Un trabajador de, por ejemplo, Volkswagen Argentina o Toyota Argentina, es una minoría privilegiada si se toman en cuenta tanto sus salarios como sus derechos, supervivencias de aquel peronismo. Ese trabajador tiene ingresos de clase media, consumos de clase media, cambia el auto cada algunos años, puede acceder a un lote en una zona no muy cara e ir construyendo su vivienda familiar, tiene vacaciones pagas, aguinaldo, obra social o medicina prepaga, manda a sus hijos a escuelas privadas, es decir, puede proyectarse un futuro. Lo mismo ocurre con los trabajadores del sector petrolero, por sumar otro ejemplo. Pero, desde muchos años y lamentablemente esta “aristocracia obrera” es una minoría en la población económicamente activa de nuestro país debido al permanente y sostenido proceso de desindustrialización que la Argentina ha sufrido desde la caída del último gobierno de Perón. Junto a este grupo social, aunque con salarios más bajos, pero con mucha estabilidad laboral y derechos, el peronismo amplio el universo del trabajador estatal. Otro proceso que la Argentina comenzó a desandar desde la última dictadura, profundizado luego durante los años de la convertibilidad. La desindustrialización y el achicamiento de la planta estatal a partir de la venta y privatización de las empresas del estado (Entel, Obras Sanitarias, Ferrocarriles Argentinos, Segba, etc.) iniciaron la proliferación de un universo de trabajadores que al ser despedidos debieron arreglase como pudiesen e hicieron subir drásticamente la desocupación, la precarización laboral, el trabajo informal de “changas”.


Ya hacia fines de los años noventa del siglo pasado, con esta nueva realidad del mercado laboral, se produce el surgimiento los movimientos sociales que buscaron organizar y representar en los excluidos del viejo sistema industrial desmantelado y de las empresas estatales privatizadas, los desocupados de los noventa que devinieron en piqueteros primero y en “planeros” después. Desocupados a los que ya en los primeros años del este siglo, se los trató de re incluir a partir de la llamada economía popular.


A pesar de los intentos, por cierto, insuficientes de reindustrialización y recategorización del estado durante los primeros 15 años del nuevo siglo, esta realidad no logró modificarse. Un universo de desocupados y subocupados permanentes trazó la línea de la pobreza estructural nunca debajo del 30 %. Y la informalidad laboral se volvió el paisaje creciente y se profundizó a partir del 2015, llevando los índices de pobreza arriba del 40 % en dos gobiernos sucesivos (Macri y Fernández).


3. Nuevas subjetividades. Cómo interpelarlas.

Esta dinámica social y laboral que se profundizó desde la pandemia, intensificada por la tecnología y la economía de las aplicaciones, fue generando un nuevo sujeto social, heterogéneo y policlasista (aunque en sentido reducido, puede abarcar desde alguien que revende ropa por internet, un pibe que hace Rappi, choferes de Uber, profesionales independientes con formación académica, un dueño de una micro pyme o hasta una pyme) y al que el discurso de la libertad de mercado interpela mucho mejor que el discurso peronista que estaba armado para otro sujeto social.


Sucede que el sujeto social hoy mayormente interpelado por el discurso libertario, es un tipo de trabajador que ya no tiene un patrón con el cual sufrir la opresión, ni con el cuál discutir salario. El trabajador precarizado, el independiente, el monotributista, el trabajador de aplicaciones ya no sufre la antigua opresión de un jefe o una patronal, porque o no tiene empleador o su empleador es una entidad difusa detrás de una aplicación y un algoritmo. Se siente libre de la opresión de un jefe (esto, por supuesto, de ninguna manera quiere decir que no siga oprimido. Sólo que no se autopercibe oprimido porque no hay una opresión de otro ser humano, no tiene que agachar la cabeza ante un jefe por llegar tarde a su trabajo, nadie le maneja sus horarios, etc.), se autopercibe libre de la opresión patronal, pero aún sujeto a la opresión del impuesto estatal y de las regulaciones.


Pero claro, el dinero no alcanza. Y la culpa, en esa autopercepción, no es de ningún empleador sino de los impuestos, del estado o en la intimidad se culpa a sí mismo por no ser lo suficientemente eficiente, lo que lo lleva a autoexigirse cada vez más, trabajar más horas, etc.


Como se ve, el universo de las autopercepciones no se limitó a la cuestión de género. La dinámica de las redes sociales, donde cada cual es el alter ego de sí mismo y crea su realidad y su personalidad virtual, exacerba el universo de la autopercepción. Podríamos seguir haciendo un racconto en detalle de este nuevo tipo social de trabajador, pero con esto basta a para este texto.


La gran pregunta para el peronismo es cómo va a hacer para interpelar a este trabajador, si tiene algo para ofrecerle o no. Esa pregunta es crucial, porque hasta ahora no ha tenido nada para ofrecer a ese sujeto social, que es el que poco a poco va siendo mayoritario en el universo laboral. Algunos intentaron con la economía popular, otros ensayaron la idea de renta universal, ninguno de esos dos intentos tuvo una recepción masiva. ¿Cuáles van a ser los derechos que se construirán para esos trabajadores? ¿Qué perspectiva de futuro les ofrece el peronismo? ¿Volver al trabajo “en blanco”, es decir a la opresión de un jefe y un horario? ¿Es deseable eso para esta subjetividad? ¿Cómo se les mejora la vida?


ree

Claramente no se los va a interpelar hablándoles de soberanía nacional o de “Braden / Bessent o Perón”. Tampoco hablando de convenios colectivos de trabajo. Ni con la importancia de los sindicatos para defender derechos que nunca tuvieron ni les parecen relevantes.


El peronismo tiene varios problemas, muchos en sus dirigencias, en sus prácticas militantes, etc. Pero este que se marca, la falta de un proyecto para el nuevo trabajador es quizá el más profundo y el que lo ha alejado de gran parte del electorado que, por su condición social vulnerable o al filo de la vulnerabilidad, era en gran parte el receptor natural del discurso peronista. Algo de este problema se empezó a vislumbrar cuando el macrismo ganó las elecciones del 2015. En las casas de clase media, la dueña de casa votaba kirchnerismo y su empleada doméstica votaba a Macri.


El kirchnerismo, esa versión degradada del peronismo, creía que les hablaba a los pobres, pero lo escuchaban y votaban las clases medias, mientras los pobres se iban poco a poco desplazando hacia otras opciones políticas.


Distinto hubiese sido si le hubiera hablado decididamente a la clase media sin sentir culpa. ¿Es quizá lo que debe hacer el peronismo ahora? ¿Y si el peronismo debe ahora ser el partido de esa clase media que cada día sufre el deterioro de su modo de vida? Modo de vida que, por otro lado, es el resultado de la aplicación de las políticas peronistas. Esa clase media que es la verdadera hija del peronismo y a la que el peronismo nunca buscó representar. Esa clase media que se formó en la educación pública, que tuvo ascenso social, que se compró su casita. Pero hablo de interpelarla sin culpa. A esa clase media a la que le habla, por ejemplo, Pichetto cuando dice que el peronismo no puede hacer “pobrismo”. Creo que es una pregunta posible para que el peronismo se haga. A qué sujeto quiere representar. Porque sin esa respuesta no va a poder tener programa que ofrecer.


Martín Rodríguez, en una entrevista que le hizo Pedro Rosemblat, decía que Perón el 17 de octubre cuando lo traen de Martín García para que diera su discurso frente a un millón de trabajadores en la Plaza de Mayo para mandarlos a la casa, pide contemplar durante 15 minutos a la multitud, auscultar a ese pueblo, ver quiénes eran, cómo estaba constituido ese pueblo al que estaba representando. Y luego de esa observación, de esa contemplación Perón les habló. Este texto va en ese mismo sentido, le reclama al peronismo que contemple a su pueblo, que lo vea tal cual es hoy y no ya en ese espejo retrovisor idílico y heroico, para saber qué quiere ese pueblo, qué necesita y qué se le puede ofrecer. Pero además hay otro desafío, el peronismo de hoy, luego de esa contemplación, deberá construir sobre el pueblo realmente existente, su propio pueblo, porque siempre es a la vez ese trabajo tanto herencia como tarea.


 
 
 

Comentarios


bottom of page