El dilema de la democracia y el espíritu del momento
- prensatiroalblanco

- hace 1 día
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1.
Cuando Donald Trump asumió su primera presidencia se pudo vislumbrar, desde una mirada más o menos atenta, lo que sobrevendría. En su segundo mandato se ve claramente. En un texto de 2018 (https://lapatriaeselcuerpo.blogspot.com/.../el-fin-de-una... ) ensayé una hipótesis que hoy se corrobora, explica gran parte del derrotero de las democracias occidentales, su cuestionamiento profundo desde los factores de poder y desde la sociedad civil y es la siguiente: la eficiencia del sistema político y productivo chino obliga a occidente a resetearse.
En el marco de la globalización se reveló que el sistema de gran escala de producción chino, con mando centralizado, gestión política del capital, poderosa planificación e intervención estatal en infraestructura, ciencia y tecnología, sin sistema de partidos políticos y con (a la mirada de occidente) libertades individuales restringidas -podría decirse que toda planificación exitosa las implica- es el sistema más eficiente de producción del mundo. Esto lleva a un paulatino, pero cada vez más acelerado proceso de sustitución hegemónica, desplazando a los Estados Unidos del pedestal al que supo llegar luego del fin de la Segunda Guerra Mundial.
Ningún imperio es desplazado sin ofrecer resistencia. El movimiento Make America Great Again (MAGA) liderado por Trump, da cuenta de la situación defensiva en la se ve obligado a actuar el gran país del norte. El baño de realidad lo describe la palabra “again” (de nuevo), dice claramente “debemos volver a ser lo que éramos porque ya no lo somos”. De manera que para lograrlo no sólo les hace falta una guerra comercial a través de aranceles (política de corto plazo) sino establecer una dinámica productiva capaz de competir en desarrollo tecnológico con China y poder recuperar áreas de influencia que le proporcionen ventajas en la extracción de las nuevas materias primas y minerales críticos necesarios para la carrera tecnológica (políticas de mediano plazo).
La única manera de competir con China es en gran escala, eso obliga a los Estados Unidos a expandir su capacidad productiva a la vez que asegurarse mercados para sus productos. La ampliación, el mejoramiento y la eficiencia de la capacidad productiva para ser capaz de competir con el gigante asiático, no pueden darse de manera anárquica y descentralizada respetando las legislaciones protectorias del derecho laboral o la protección arancelaria en los países donde EE.UU. posará sus empresas y venderá sus productos. El pentágono busca funcionar de manera análoga al politburó del Partico Comunista Chino. Ordenando como sea, con los esfuerzos y los recursos necesarios y por cualquier medio posible la política y la producción de occidente. En este contexto los sistemas democráticos, las deliberaciones parlamentarias, la alternancia ideológica en el poder, los sistemas protectorios de derechos individuales, la independencia judicial, la división de poderes, la soberanía de los países y las autonomías provinciales y estaduales constituyen un obstáculo para el movimiento MAGA tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.
La democracia como obstáculo

El accionar del gobierno norteamericano en Argentina funciona como un caso testigo. Resulta más fácil y menos problemático para la administración Trump vulnerar derechos fuera de su territorio, aunque hacia adentro también lo hace. Se extiende la idea de un gobierno que pasa por encima de las leyes, al que se le hace cada vez más difícil conservar la fachada institucional. En la Argentina sucede lo mismo: leyes sancionadas por el Congreso que no se cumplen, atajos y trampas para vulnerar la voluntad popular expresada por los legisladores, manejos discrecionales de asignación de partidas presupuestarias para comprar voluntades (lo que Trump hace con Milei a través del rescate financiero del tesoro norteamericano, el presidente argentino lo practica con los gobernadores), ataques a la prensa y a los opositores, culto a la personalidad. En Estados Unidos como en la Argentina el Congreso, órgano supremo de la democracia, cumple una función cada vez más decorativa, pasando el Poder Ejecutivo a una suerte de hiperpresidencialismo de facto.
El capitalismo en su modelo occidental está en problemas. Se revela más eficiente el modelo chino y la democracia es para occidente un obstáculo para competir por la hegemonía contra un sistema centralizado, planificado, de gran escala, hiper tecnologizado, que supo construir un orden interno incuestionable y una política exterior y comercial de largo aliento. Contra ese sistema político económico, las democracias occidentales corren en clara desventaja, su proceso de toma de decisiones es lento, necesita muchas mediaciones, los grupos que ofrecen resistencias tienen participación en el debate y son factores de presión. Nada de eso ocurre en China.
Los Estados Unidos para competir con China necesitan un control territorial desde Groenlandia y Canadá (Trump esboza la idea de anexarlo) hasta Tierra de Fuego. La importancia de la Argentina es central. Es lo que falta en el cono sur. Chile ya está controlado hace años, la alternancia entre gobiernos de derecha e izquierda no cambia el alineamiento chileno a la política comercial general norteamericana. EE. UU. Aprovecha ahora la oportunidad de lograr el alineamiento definitivo de la siempre díscola Argentina. Con Brasil hay más bien resignación. Es demasiado grande e importante como para ejercer demasiada presión. Brasil tiene juego propio en los BRICS y una capacidad productiva a nivel de potencia. En cambio, el trabajo paulatino de destrucción del entramado productivo e industrial de la Argentina (en parte llevado adelante por su propia clase empresaria portadora de una mirada de muy corto plazo) y su altísimo nivel de endeudamiento la transforma en un objetivo fácil, aún sin tomar en cuenta el alineamiento ideológico de la gestión presidencial argentina actual con Trump.
En síntesis: occidente se muestra dispuesto a sacrificar los valores democráticos y sus instituciones con el fin de poner un freno al avance chino e intentar recuperar el terreno perdido. Entiende que no puede competir en igualdad de condiciones contra un sistema de toma de decisiones centralizado y fuertemente organizado si no es restringiendo el anarquismo productivo que el capitalismo occidental ha practicado en el cual los estados nacionales han perdido el poder de organizar estratégicamente sus recursos y su economía. Recuperar la posibilidad de una organización y planificación estratégica nacional es el objetivo de Trump para este segundo mandato, aún si ese camino implica vulnerar la democracia que se presenta como un sistema excesivamente laxo y diverso, en el cuál diferentes grupos de interés presentan sus demandas al gobierno y se sienten con derecho a ejercer las libertades por las cuales el sistema norteamericano ha sido reconocido, al menos hasta ahora, como un paladín de la democracia y la libertad. A esa cultura de la diversidad, los derechos y la libertad basada en demandas à la carte pero sin una mirada soberana sobre los intereses nacionales, es decir, profundamente individual (aunque no necesariamente individualista) el republicanismo trumpista la llama cultura “woke”. Esta dinámica política se extiende en el llamado “patio trasero” por injerencia de los Estados Unidos, cuyo ejemplo más paradigmático sucede en Argentina. Aquí también el gobierno se muestra dispuesto a aumentar los niveles de discrecionalidad, vulnerar la división de poderes, establecer una guerra contra la prensa independiente, desconocer las leyes sancionadas por el Congreso, etc. Sólo que, contrariamente a lo que sucede en los Estados Unidos, que de esta forma aumenta su capacidad soberana, en Argentina la capacidad soberana disminuye, transitando en un camino humillante a una suerte de protectorado. En Estados Unidos la democracia se pone en riesgo para sostener una lucha por la hegemonía y ampliar el poder soberano norteamericano, en la Argentina para mermar su soberanía y su capacidad de decisión. Caminos similares hacia objetivos distintos.
2.
Hace unos días, el asesor presidencial plenipotenciario Santiago Caputo escribía en la red social X: “Milei es la manifestación del espíritu de la época": no importa cuánto "difamen" o "ataquen" al presidente, porque "la historia" lo va a empujar "hacia su próxima fase". Es conocida la afición del muchacho por las cuestiones esotéricas, pero en este caso pasa a la teleología en un giro que denota un Hegel mal leído.
Ninguna persona puede ser manifestación de un espíritu de época. No obstante, hay algo interesante en esa afirmación algo torpe. En todo caso puede alguna persona expresar algún momento, algo mucho más efímero que una época. Milei expresa muy bien cierto espíritu (llamémoslo así para seguir la terminología del post) no de la época, que es una categoría de largo alcance, pero sí del momento actual. Es decir, expresa la decadencia del proyecto capitalista liberal democrático de occidente, el cual se ve obligado (por “la historia”, siguiendo la lógica del mensaje) a suprimir libertades, restringir derechos (por ejemplo, de trabajadores, de migrantes, de la ancianidad, de la niñez, etc.) pasando de una fase represiva al intento de autocracias. “La historia” que empuja a Milei “a la próxima fase” se escribe en el Pentágono, lejos de la casa Rosada, cerca de la casa Blanca. Resulta totalmente lógico el pasaje del liberalismo al libertarismo (De Macri a Milei, del primer al segundo gobierno de Trump) como profundización del proyecto de un sector del capital asociado a un sector del sistema político norteamericano, buscando “liberarse” de las cadenas de la democracia para poder competir con China. Suprimir la política, sobre todo en los países de su zona de influencia, parece una necesidad sustancial de la potencia en retirada para lograr cierto orden que le permita armar un esquema productivo y comercial capaz de, al menos, frenar el avance chino. Esa es “la historia”, querido Santiago, que mueve a Milei, articulado con los hilos visibles de la lucha de los Estados Unidos por la supervivencia de su hegemonía. Si no existiera esa historia, el gobierno argentino hubiera terminado antes de las elecciones de octubre en medio de una crisis y un caos cambiario, bancario, financiero y social.
Pero indaguemos esa idea del espíritu del momento: el siglo lleva su primer cuarto. El cambio radical se dio con la Pandemia. Me recuerda la gran tesis de José Luis Romero en “Estudio de la mentalidad Burguesa”, que le asigna al fenómeno de la Peste Negra (1347-1352) la importancia de ser el hecho que dispara un gran cambio de mentalidad que con el correr de más de tres siglos cristaliza en el advenimiento del capitalismo. Convengamos que las velocidades son otras. A partir de la pandemia se intensifica el uso permanente de dispositivos, compras digitales, transacciones financieras y pagos con aplicaciones. Estalla el fenómeno de las start up´s, y la capitalización a través de criptomonendas. Me interesa en particular detenerme en las criptomonedas, porque creo que allí hay una clave de época. Las criptomonedas se crean especialmente como entidades desreguladas, es decir, por fuera de cualquier injerencia impositiva o restrictiva estatal. Su gran atractivo es ese. Es adoptado, como toda nueva tecnología, por los sectores jóvenes de la sociedad, mayormente nativos digitales. Y porta en su lógica todo el bagaje cultural del mundo financiero y sus conceptos (Trader, arbitraje, etc.). Bien, ese dinero virtual, en principio no tiene anclaje en el mundo productivo, es decir, no es económico sino puramente financiero. Los estados, el sistema bancario tradicional se resisten un poco, pero finalmente las criptomonedas se imponen como forma válida de capitalización para los individuos, las empresas, los estados (proceso aún en marcha, pero a todas luces irreversible). Son los jóvenes quienes primero adoptan el mundo cripto, con su cultura, su lenguaje, su sueño de dinero fácil, su lógica digital y (acá me quisiera detener especialmente) su profundo anti-estatismo, condición fundante de las criptomonedas, que hace sistema con el sentimiento profundo de rebeldía frente al control estatal escenificado durante la pandemia. Hay una relación entre las fiestas clandestinas de jóvenes durante la pandemia, la lógica de burlar al estado, de zafarse de sus controles e imposiciones, con el universo cultural del mundo cripto. En esa lógica del momento está insertado Milei, no es casualidad que haya sido, como mínimo, partícipe necesario del caso Libra. Como tampoco lo es su inserción mayoritaria en el universo etario que va de los 18 a los 30 años, ciertamente el grupo social que más sufrió los efectos del aislamiento durante la pandemia y que desarrolló a partir de esa experiencia traumática una aversión profunda al Estado (de ninguna manera esto implica desconocer las razones vinculadas a las deficientes prestaciones estatales, sino sumar algo de un orden más profundo que el mero cálculo de impuestos por prestaciones).
El sentimiento anti-estado no puede estar muy lejos del sentimiento anti política y diría, sobre todo, anti-instituciones. Existe entre quienes han vivido poco la fantasía de que “si el Estado no me molesta yo me arreglo solo”. Lo misma lógica sostiene a las criptomonedas. El problema es complejo. Los servidores para minar cripto consumen energía y recursos naturales que son de los Estados. Y a los jóvenes que creen poder arreglarse solos sin el Estado, les diría aquella famosa frase que Roberto Goyeneche le dijo a un chico de 18 años que lo entrevistaba. El joven le confesó: “Disculpe, pero a mi no me gusta el tango…”. Goyeneche lo miró unos segundos en silencio y le respondió: “Viví un poco más…”.








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