Cuento precarizado(segunda entrega)
- prensatiroalblanco

- 26 oct
- 2 Min. de lectura

El nuevo trabajo ni siquiera alcanzaba para pagar los servicios. Así fue que les cortaron la luz y el gas.
Un buen día, pasó un vecino por la casa a dejarle un `contacto´para reconectar la luz clandestinamente, algo que se expandía por todo el barrio, a pesar de la leyenda inserta en las facturas: “El robo de energía es un delito que está penado con prisión de hasta 6 años y multas del 40% más gastos de recupero de energía, verificación, impuestos y contribuciones”.
Juan sentía la derrota dolorosa de un hombre de mediana edad que contempla con impotencia absoluta la caída de las condiciones de vida de su familia, decidió sumarse a la rebelión colectiva contra los aumentos insostenibles de las tarifas de energía.
En el almacén del barrio, un vecino contaba indignado que había leído la noticia de que la empresa distribuidora de energía había tenido ganancias extraordinarias y que estaba pidiendo el giro de dividendos a las casas matrices.
“Los que roban son ellos, exclamó”.
A pesar de ello, Juan se levantaba todos los días a las 6am y pasaba 12 horas diarias con el celular en mano, intentando vender un maldito producto importado para bancar la olla del día.
Pensó en su oficio, aprendido desde niño en la tornería de su abuelo y sintió la ineptitud en sus manos, la rigidez de sus dedos que ya empezaban a entumecerse por el uso del celular, la pereza de su mente absorbida por la pantalla del teléfono y se vio a si mismo perdiendo su capacidad creadora, eso que asemeja a los seres humanos a la existencia divina, a la voluntad de trascendencia.
Mientras tanto, Diana perdía cada vez más peso. La enfermedad avanzaba con un pronóstico desolador. Sin embargo, seguía conservando la mirada brillante de las almas que todo lo esperan, a pesar del dolor. Pasaba casi todo el día recostada, prácticamente sin fuerzas. Las pocas que conservaba las ponía cada mañana al hacer el desayuno y cada noche, al preparar la cena con tanto amor, como lo hizo cada uno de sus días, hasta el final de su vida.
Cocinaba en un anafe eléctrico, lo que se podía, sin perder la costumbre de sentarse a la mesa a compartir la cena con sus hijos. Porque en tiempos de demolición material, compartir, cuidar y amarse con los seres queridos es un acto de pura resistencia espiritual.
CONTINUARA…








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