Salud Mental

Maternar en la Argentina: cuando cuidar también pesa
Por Mariana Vilariño

Maternar nunca fue una tarea sencilla. Pero en la Argentina de hoy, criar, cuidar y sostener una familia puede convertirse en una experiencia atravesada por preocupaciones económicas, soledad, sobrecarga y distintos padecimientos de salud mental.
Hay madres que maternan con ansiedad. Otras con depresión. Algunas atraviesan ataques de pánico, insomnio, angustia o agotamiento extremo. Otras simplemente sienten que ya no pueden más, aunque no tengan un diagnóstico y aunque desde afuera parezca que pueden con todo.
Y muchas veces aparece la culpa.
La culpa por cansarse.
Por querer estar solas un rato.
Por trabajar demasiado.
Por no trabajar.
Por necesitar ayuda.
Por no disfrutar cada momento.
Por perder la paciencia.
Por sentir que la maternidad no se parece en nada a aquello que imaginaron.
Vivimos en una sociedad que todavía deposita sobre las mujeres una enorme responsabilidad por el bienestar de los hijos. Se espera que sean madres presentes, amorosas, pacientes, organizadas, económicamente activas, cuidadoras y, además, que puedan sostener emocionalmente a toda la familia.
Pero ¿quién sostiene a la que sostiene?
La salud mental materna no puede pensarse únicamente como un problema individual. No alcanza con decirle a una mujer que haga terapia, medite, descanse o se organice mejor si vive atravesada por la precariedad laboral, la falta de redes, dificultades económicas, violencia, jornadas interminables o una distribución desigual de las tareas de cuidado.
Porque cuidar también es trabajo. Y muchas veces es un trabajo invisible, no remunerado y que no tiene horario.
En Argentina, además, muchas familias atraviesan situaciones complejas: dificultades para acceder a una vivienda, salarios que no alcanzan, problemas de salud propios o de los hijos, separaciones, familias monoparentales, adolescencias difíciles, consumos problemáticos, discapacidad y tantas otras circunstancias que pueden hacer que maternar se convierta en una tarea de enorme exigencia emocional.

Y hay algo de lo que hablamos poco: las madres también pueden enfermarse.
Pueden atravesar una depresión. Pueden sentir ansiedad. Pueden necesitar medicación. Pueden tener una crisis. Pueden necesitar internación. Pueden no sentirse capaces durante un tiempo.
Y nada de eso las convierte en malas madres.
Pedir ayuda tampoco debería ser vivido como un fracaso. Al contrario: reconocer que necesitamos ser cuidadas puede ser una de las formas más responsables de cuidar.
Necesitamos dejar de construir una imagen de la madre como una mujer incansable, capaz de soportarlo todo.
Porque las madres también tienen derecho a equivocarse, a descansar, a trabajar, a tener proyectos propios, a enamorarse, a salir, a decir que no, a estar tristes, a pedir ayuda y a tener una vida que no se reduzca exclusivamente a su función materna.
Maternar no debería significar desaparecer como persona.
Y quizás una de las preguntas más importantes que podemos hacernos como sociedad no sea solamente “¿cómo están nuestros hijos?”, sino también:
¿Cómo están las mujeres que los están criando?
Porque cuidar la salud mental de quienes maternan también es una manera de cuidar a las próximas generaciones.





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