Salud Mental

La pandemia terminó, pero sus efectos en nuestra salud mental todavía siguen entre nosotros

Por Mariana Vilariño
Ansiedad, depresión, soledad, problemas de sueño, aumento de algunos consumos y dificultades para recuperar los vínculos fueron algunas de las consecuencias que dejó una experiencia que modificó profundamente la vida cotidiana.
Hablar de lo que nos pasa puede ser el primer paso para dejar de naturalizar el sufrimiento.
La pandemia de COVID-19 significó mucho más que una emergencia sanitaria.
Durante meses, millones de personas tuvieron que modificar sus rutinas, alejarse de sus afectos, convivir con la incertidumbre y enfrentar el miedo a enfermar o perder a alguien querido.
A eso se sumaron las dificultades económicas, la pérdida de empleos, la interrupción de proyectos y una sensación permanente de no saber cuándo terminaría todo aquello.
Y aunque la pandemia quedó atrás, sus efectos sobre la salud mental no desaparecieron necesariamente con el levantamiento de las restricciones.
Durante 2020, en Argentina, distintos relevamientos mostraron el fuerte impacto emocional de aquella situación. Una investigación realizada durante los primeros meses de la pandemia encontró que 7 de cada 10 personas consideraban que la situación sanitaria era una fuente importante de estrés. También se registraron elevados niveles de sentimientos vinculados con la depresión, la soledad y el miedo.
Entre quienes ya consumían alcohol, otro estudio realizado durante el aislamiento encontró que 4 de cada 10 habían aumentado su consumo.
El aburrimiento, la angustia y la necesidad de afrontar emocionalmente el aislamiento aparecieron entre los motivos señalados.
Los números sirven para dimensionar el fenómeno, pero detrás de ellos hay historias concretas.
Personas que comenzaron a tener ataques de ansiedad.
Personas que dejaron de dormir bien.
Personas que se acostumbraron al aislamiento y después tuvieron dificultades para recuperar su vida social.
Personas que encontraron en el alcohol, las drogas, el juego, las pantallas o la comida una forma de escapar de aquello que no podían expresar de otra manera.
También hubo quienes atravesaron duelos sin poder despedirse de sus seres queridos de la manera habitual.
Y hubo algo más difícil de medir: la sensación de que el mundo que conocíamos había dejado de ser previsible.
Para muchas personas, volver a la normalidad tampoco significó volver a ser las mismas.
La pandemia puso en evidencia que la salud mental forma parte de la salud integral y que situaciones extremas pueden afectar profundamente nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos.
Pero también dejó al descubierto problemas que ya existían y que, en muchos casos, permanecían invisibilizados.

La ansiedad, la depresión, los consumos problemáticos, la soledad y las dificultades vinculares no nacieron con el COVID-19. La pandemia, en muchos casos, simplemente hizo que fueran más difíciles de ocultar.
Por eso, hablar hoy de sus consecuencias no significa quedarse atrapados en el pasado. Significa preguntarnos qué aprendimos de aquella experiencia y, sobre todo, cómo estamos actualmente.
Todavía hay personas que sienten vergüenza de decir que necesitan ayuda. Que creen que deberían poder resolverlo solas. Que confunden pedir ayuda con ser débiles. Que esconden una depresión detrás de una sonrisa o un consumo problemático detrás de un “yo lo controlo”. Y mientras aquello que nos pasa permanece en silencio, también puede crecer.
Por eso es necesario sacar estos temas a la luz. Hablar de ansiedad, depresión, soledad, consumos, vínculos, duelos y suicidio no significa generar alarma. Significa construir herramientas para prevenir y acompañar.
A veces, una conversación puede ser el comienzo. Una pregunta tan sencilla como “¿cómo estás realmente?” puede abrir una puerta.
Después de una experiencia que nos obligó a estar físicamente separados, quizás uno de los desafíos que nos quedan sea justamente el contrario: volver a encontrarnos, recuperar los vínculos y aprender a hablar de aquello que nos pasa.
Porque la pandemia terminó. Pero algunas heridas todavía necesitan ser escuchadas.
Y hablar de ellas es una manera de empezar a cuidarnos.





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