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Para Milei, Malvinas y Ushuaia son las bases de expansión geopolítica de EE.UU. en el Atlántico Sur 

Foto del escritor: prensatiroalblanco
prensatiroalblanco
6 sept
3 min de lectura

 

Por Maximiliano Borches

 

El presidente Javier Milei comete el mismo error que el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri al creer que Estados Unidos lo respalda en la causa Malvinas. Si es que realmente piensa eso.


O, en una hipótesis aún peor, podemos suponer que coordinó el discurso de su actuación malvinera en su última cadena nacional con sus amos en Washington, para que Donald Trump presione aún más al Reino Unido con la intención de que refuerce su presupuesto de Defensa, como le viene exigiendo al resto de sus aliados europeos con la intención de retirarse paulatinamente de la OTAN, y para que intervenga en su fallido conflicto con el régimen teocrático de Irán, que tantos dolores de cabeza le trae al decadente imperio estadounidense. Esto, en lo que atañe a los intereses yanquis con su histórico aliado inglés, con quien de ninguna manera va a romper relaciones por la cuestión Malvinas.


En cuanto al aspecto más oscuro que encierra esta puesta en escena política “malvinera”, utilizada por el oficialismo como una carta nacionalista de eficacia probada para combatir la baja de su popularidad, a consecuencia del criminal ajuste que a diario destruye empleos y arroja al hambre y a la miseria a cientos de miles de compatriotas, está en juego el interés nacional. Milei es el instrumento ideal para que los Estados Unidos desplieguen su estrategia de control geopolítico del Atlántico Sur y sus recursos naturales, de la mano de su IV Flota, a partir del “relanzamiento” de la Base Naval Integrada en Ushuaia (que comenzó a construirse en 2022 durante la gestión de Alberto Fernández, y éste gobierno frenó como parte del parate de la obra pública), como base de operaciones de la US Navy en el marco del “Escudo de las Américas”; coalición multinacional de seguridad y cooperación militar impulsada por el gobierno de los EE.UU., de la que Argentina es parte a partir de la llegada de Milei al Ejecutivo.


El proyecto de expansión estadounidense de vigilancia del Atlántico Sur, prevé el control del acceso directo a la Antártida y sus estratégicas reservas de agua dulce y decenas de minerales, donde la capital de las Islas Malvinas: Ushuaia, se presenta como puerta de entrada a la misma debido a su inmejorable ubicación geográfica, como así también el control total del Canal de Beagle, paso natural que conecta los océanos Atlántico y Pacífico sur, y la utilización de todos estos recursos para frenar la expansión global de China.



La única manera de recuperar Malvinas es a través de una política de cooperación sudamericana y alianza Sur-Sur


La Argentina no va a recuperar las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del sur, ocupadas militarmente por el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, porque a algún presidente estadounidense se le ocurra poner en duda la presencia colonial europea en parte de nuestro territorio nacional. Todo lo contrario.


Argentina debe retomar el camino de la cooperación con los países sudamericanos (en primera instancia) para que ningún buque ni aeronave británica que vaya a las Islas, o salga de ellas, pueda recalar en puerto o aeropuerto cercano alguno, como medida concreta del desconocimiento de la ocupación colonial de nuestro territorio.

Esta política fue lograda hace poco más de una década, pero los cambios de vientos políticos, y las victorias en Argentina de gobiernos cipayos y entreguistas de nuestros intereses como los de Mauricio Macri y el actual de los hermanos Milei, lograron el retroceso político argentino (y sudamericano) tan anhelado por Londres.


Tal como explica el internacionalista por la Universidad Torcuato Di Tella y profesor de Relaciones Internacionales, Ezequiel Magnani en “Repensar el "revisionismo" en relaciones internacionales”, Argentina es un país revisionista de tipo defensivo-posicionista ya que “frente a naciones más poderosas, los estados periféricos no buscan revisar el estado de las cosas para maximizar sus beneficios políticos y económicos” sino “expulsar a una potencia colonial o imperial de su territorio o su perímetro regional de seguridad”.

 

En el marco de este reordenamiento global caótico que tiene a Estados Unidos y China como principales contrincantes estratégicos, se abre una ventana de posibilidad para que surjan las condiciones necesarias para un nuevo reagrupamientos de países emergentes, donde la cooperación Sur-Sur se resignifique como unidad de intereses comerciales, de seguridad y defensa, en un mundo que a diario ve a los Estados Unidos cavar su propia tumba.

 

 

 

 

 
 
 

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