La Isla Flotante de los Científicos


Por Ali Reza Peralta*
Hay una isla que Swift imaginó antes que nosotros aprendiéramos a nombrarla, Laputa.
Una masa de piedra que flota en el aire porque un imán gigantesco la sostiene desde arriba. No toca tierra. No necesita tierra. Abajo queda Balnibarbi, el mundo real, con su barro y sus cosechas. Arriba, suspendidos, viven los sabios.
Filósofos, matemáticos y músicos. Hombres de cabeza inclinada hacia adentro, tan perdidos en su propio pensamiento que han olvidado el mundo. Para que hablen, un sirviente debe golpearles la boca con una vejiga. Para que escuchen, golpearles el oído. Sin ese golpe, no hay encuentro. Viven ensimismados.
Y sin embargo, miden. Miden todo. Si quieren hacerte una chaqueta, sacan un cuadrante, toman la altura, calculan los ángulos. Y la chaqueta te queda horrible. Saben la medida del hombre, pero no saben vestirlo.
Esta es nuestra isla. Y no hemos bajado de ella.
El olvido del habitar
Heidegger diría que estos hombres han confundido el Ser con el ente medido.
Han caído en lo que él llamó la técnica, no como aparatos, sino como modo de desocultar el mundo: todo se vuelve objeto calculable, Bestand, fondo disponible para el cálculo. La chaqueta deja de ser abrigo, deja de ser cobijo. Se convierte en ecuación.
El habitante de Laputa es el Dasein que ha olvidado que está arrojado en el mundo. Cree que flota por su imán, por su inteligencia. Olvida que flota porque le han enseñado a despreciar el suelo.
Heidegger nos enseñó que habitar no es ocupar un espacio geométrico. Habitar es cuidar, es construir, es estar cerca de las cosas. Bauen es wohnen. El campesino que sabe cuándo lloverá por el olor del viento habita más que el astrónomo de Laputa que calcula la órbita de una estrella doble y no sabe atarse los zapatos.
Los filósofos de la isla necesitan que les golpeen la boca para hablar porque han perdido el lenguaje como casa del Ser. Para ellos el lenguaje es instrumento, fórmula, notación musical. No es morada. Por eso necesitan violencia para entrar en diálogo. Han caído en la impropiedad, en el Man: todos repiten los mismos teoremas y nadie se pregunta por qué flotan.
La tragedia de Laputa es que domina el cielo y no sabe estar en la tierra. Es la metafísica occidental llevada a su extremo, un enorme aparato magnético que nos mantiene suspendidos, lejos del ser, midiendo sin cesar aquello que ya no comprendemos.
El hedor negado

Kusch, con su pensamiento desde el barro de América, desde la misma tierra, se reiría con tristeza de Laputa. Diría que estos son los pulcros. Los que creen que ser es mejor que estar.
Para Kusch, Occidente inventó el Ser, sólido, pulcro, ciudadano, con chaqueta bien medida aunque le quede mal. Y negó el Estar, ese mero estar aquí, indigente, a la intemperie, hediento, que es lo que somos en América antes de cualquier filosofía.
Los laputenses son el Ser occidental en su forma más pura. Viven en lo pulcro. Desprecian lo práctico porque lo práctico huele, toca, se mancha. La cocina, la costura, la agricultura, todo eso pertenece al hedor. Ellos prefieren la música de las esferas a la música de una quena que se toca con los dedos sucios.
Por eso no saben hacer una chaqueta que abrigue. Porque para Kusch, el saber verdadero no es el saber que mide, es el saber seminal, el que está pegado al suelo. El que sabe la abuela que remienda sin cuadrante, pero con mano.
Kusch diría que Laputa sufre de un miedo atávico: miedo a caer. Miedo a que el imán falle y tengan que fagocitarse con la tierra de abajo. En América, la fagocitación es inevitable, lo pulcro quiere devorar lo hediento, pero termina siendo devorado por él. La isla quiere dominar a Balnibarbi desde el aire, pero sin Balnibarbi se muere de hambre.
Los golpeadores con vejigas son la prueba final. El filósofo puro no puede ni siquiera advertir que el otro existe. Necesita un intermediario que lo despierte a patadas. Es el intelectual porteño, el académico europeo, que necesita que la realidad le estalle en la cara para darse cuenta que hay un pueblo afuera de su isla flotante.
El mero estar ahí, sin imán, sin cuadrante, es más verdadero que toda la isla.
Donde se juntan los dos vientos
Heidegger y Kusch nos dicen lo mismo desde dos montañas distintas.
Heidegger desde la Selva Negra: han olvidado el Ser por medir entes. Vuelvan a habitar.
Kusch desde el Altiplano: han negado el Estar por querer Ser pulcros. Vuelvan al hedor, al barro.
La Isla Flotante es hoy. Es la universidad que publica papers sobre la pobreza sin pisar una villa. Es el tecnócrata que diseña un algoritmo para medir la felicidad. Es el músico que conoce la armonía dodecafónica pero no sabe acompañar una vidala.
Flotamos todos, sostenidos por un imán gigante que llamamos Progreso, Ciencia, Técnica, Mercado. Y abajo, la tierra sigue esperando.
Quizás la tarea no sea destruir el imán. Quizás sea aprender a apagarlo de a ratos. Descender. Dejar que la isla toque tierra por un momento, aunque tiemble.
Sacarnos la chaqueta mal cortada.
Y por fin, sin que nadie nos golpee la boca, aprender a hablar.
*Director de la Academia del Pensamiento Estratégico y su plataforma comunicacional ApeTv.





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